La vuelta del arco iris

5

Septiembre, 2915. Bs. As.

Jamás tendría que haber consultado a la vidente, ahora no podía sacarse la idea de la cabeza.

-Tu abuela ya no pertenece a éste mundo, debes dejarla ir- había dicho la gurú mientras consultaba la borra de café. A pesar de sus treinta y cinco años Ema se sentía una niña nuevamente. Nunca, hasta ahora, había pensado en la finitud de la vida de Bela, como ella la había bautizado cuando era apenas una niña. Recordó con nostalgia aquella vez en su niñez cuando el almacenero del barrio dijo en voz alta, como para sí:

-Llueve con sol, se casa una vieja.- Ema había palidecido, “¿Qué pasa si Bela se casa? Ya no me dejará ir a dormir a su casa cada fin de semana, estará muy ocupada con su  marido nuevo”. Cada arco iris era una amenaza, y a partir de allí la había incluido a su abuela en sus plegarias infantiles. “Ángel de la guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día; si me desamparas que será de mi, ángel de la guarda cuida tu de mí. Que  no tenga malos sueños, que mi abuela no se case, amén”.

Cuando termino la secuendaria y consiguió su primer trabajo, escudada en la avanzada edad que tenía Bela y en la conveninencia de que no viviera sola, Ema se mudo con ella. Al promediar sus estudios universitarios construyó una pequeña casa, en el fondo del jardín de la inmensa propiedad. La casa era pequeña pero confortable, tenía un pequeño patio privado lleno de plantas y flores; y ambas casas se comunicaban por el jardín. Era una convivenica idílica,  se entendian de maravilla. Compartían el gusto por la música y la lectura; se acompañaban pero no se invadian.  De todas las rutinas que compartían la que ella más disfrtuaba era sentarse en la cocina a conversar mientras su abuela cocinaba. Hacía muchas cosas ricas, pero el  budín de limón era inmejorable. Isabela era una mujer muy culta, refinada, cariñosa e independiente. Ema la admiraba y amaba con locura.
Como siempre que estaba angustiada Ema se levantó, encendió el equipo de música y esperó que su intuición le dictara la melodía que le devolviera el equilibrio perdido. Empezó con algo suave, Paraules d´amor de Joan Manuel Serrat, mientras exorcizaba su angustia con lagrimas y café leche. El sol tibio de fin invierno entraba por la ventana de su pequeña casa, llenándola de alegría, devolviéndole la energía que perdió durante la noche de angustia y malos sueños. Se levantó y cambió la música: Maybe this time, de Lizza Minelli. Subió aún más el volumen y abrió la puerta del pequeño patio trasero para reconfortarse con el colorido de las plantas y flores. Todavía en pijama y con una manta multicolor tejida al crochet puesta sobre los hombros, se dejó inundar por la fuerza de la melodía que la elevaba en un trance sanador y catártico. Cantaba y bailaba con el café en la mano cuando entró su abuela.

-Buen día nena, ¿Qué paso? ¿Por qué estás triste?

Ema sonrío y abrazó a Bela sintiendo su piel frágil y arrugada. Extrañaría esa inmensa sabiduría.

-Te traje budín para el desayuno, si me necesitas voy a estar en la cocina- dijo mientras salía y se perdía en el inmenso jardín. Ema se sentó en el piso, con el mentón apoyado en las rodillas flexionadas. Sintió un profundo calor en el pecho, nostálgico pero reconfortante a la vez. Miró hacia el jardín y sonrió:  imponente y luminoso, allí estababa otra vez aquel radiante arco iris.

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Un comentario en “La vuelta del arco iris

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