Dos preguntas

davCuando Alicia[i] ingresó por la madriguera del conejo nada fue como había sido hasta entonces. El mundo de certezas que conocía se transformó ante sus ojos incrédulos. De igual manera, la Filosofía, nos invita a despojarnos de uno de los pilares más fuertes que tenemos en la sociedad occidental actual: la certidumbre. Desde chicos nos acostumbramos a otorgar respuestas: a los padres, a los maestros en la escuela, a nuestros jefes en la adultez. Responder algo, cualquier cosa, porque el “no se” es un bien escaso que solo se permiten unos pocos. ¿Qué pasa cuando, al igual que Alicia, atravesamos la madriguera del conejo y cambian las reglas? ¿Cuándo lo importante no pasa por las respuestas que damos sino por las preguntas que hacemos, por como interpelamos el mundo que nos rodea? Con el desafío planteado me sumerjo en una lectura que me exige una destreza que no poseo y que me interpela a pensar el mundo que habitamos en términos absolutamente distintos, difícil de imaginar, anterior a la marca de fuego de la cultura occidental: la colonización.

El diálogo Fedón[ii], dónde se relata la muerte de Sócrates, comienza, justamente, con dos preg, puntas:

-Y bien, ¿de qué cosas habló antes de su muerte, y cómo murió?[iii]

Para Sócrates la muerte no es más importante que la vida. Tampoco es un acto ejemplificador, es la consecuencia natural de su modo de entender la filosofía. ¿Qué cosas habló antes de su muerte, y cómo murió? Pregunta Equécrates. Murió como vivió: haciendo filosofía.  Y es así de tal modo, que cuando entraron sus discípulos a la celda luego de que le sacaran los grillos y lo prepararan para su muerte, estaba preguntándose por la naturaleza del dolor y del placer. Estaba haciendo filosofía. Hacer preguntas abre posibilidades, pone en jaque la interpretación única de la realidad, brinda alternativas. Preguntar a para cambiar de paradigma, preguntar para conocer al otro, preguntar para ser mejores, preguntar para movilizar, preguntar como ejercicio intelectual, preguntar y estar dispuesto a escuchar la respuesta.

En Cultura Pepina nos preguntamos, ¿Dónde está Santiago Maldonado?

[i] Lewis, Carrol. Alicia en el país de las maravillas. Buenos Aires. Losada, 2007
[ii] Platón. Fedón. Eudeba, 2014
[iii] Fedón, 57a
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Desilusiones

Por Daniela Traverso

Yo vengo de una familia de soñadores, de tíos que les abrían las jaulas a los pajaritos para que saliesen a volar un rato, con la única condición de que volviesen antes de que llegase su papá de trabajar.
El papá de este tío mío trabajaba en los talleres del ferrocarril. Casi todos los papás de casi todos mis tíos trabajaban en los talleres del ferrocarril. Así que era fácil saber cuándo iban a volver a casa. Los talleres, que eran enormes, “los más grandes de Sudamérica”, tenían una sirena que se escuchaba en todo el pueblo. Era el despertador del pueblo. Y era la que avisaba cuando los hombres empezaban a volver a casa. Era la que avisaba que el orden de los días seguía en pie.

Así que mi tío no vio ningún problema: se paró frente a la jaula y les explicó: “yo ahora los voy a dejar salir, pero ustedes, cuando escuchen el pito del ferrocarril, vuelven”. Si hasta él, que ya tenía como 20 años lo había entendido, los pajaritos también podrían. Los pajaritos eran todos canarios de criadero. Muy raros, parece, lujo de ferroviario que había querido desquitarse de un par de cosas en la vida. Caros, sí eran. Inteligentes… por ahí no tanto. Su hijo, este tío mío del que les cuento, no era el único súper-héroe pajaresco de la familia. También estaba mi tía Angelita. 

Mi tía Angelita era la cuñada de mi abuela. Una de las cuñadas, había otras. Cuñadas “de toda la vida” decían que eran. No sé, habrán nacido casadas, ¡qué sé yo! Mi abuela tenía una casita en el balneario de la laguna y con ellas dos solíamos quedarnos en los veranos, entre semana, mientras los grandes trabajaban. La tía Angelita nos llevaba a los sobrinos a caminar por las calles de tierra del balneario, llenas de casitas deshabitadas durante la semana y ahí, cuando veíamos alguna jaula con pajaritos, la tía nos mandaba a abrirlas mientras ella nos hacía de campana en la vereda. Era macanuda la tía Angelita. Mi abuela después la retaba, pero ninguna de las dos se lo tomaba en serio, por algo habían sido cuñadas de toda la vida. Con ellas dos, aprendí el poder que tienen dos viejas cuando se ríen juntas.

Volviendo a mi tío, este tío, yo creo que le hubiese gustado ser paseador de pájaros, aprender a volar. Me lo imagino lleno de arneses, con una bolsa de alpiste en cada mano, arreando pájaros por el cielo de Junín, bien arriba para esquivar la chimenea de cemento de los talleres del ferrocarril, para saludar a su papá desde allá arriba. Y atento, siempre atento, para volver volando a casa apenas escuchara el pito del ferrocarril anunciando la salida. Pero no, pobre tío, a volar no aprendió nunca. 

Pero como no era egoísta, fue que aquel día decidió dejar salir a pasear a los pajaritos de todas las jaulas de su papá. Yo creo que tuvo razón, porque era imposible no escuchar la sirena, ¡si no fallaba nunca! Será que volaron tan alto, tan alto los pajaritos que empezaron a escuchar otros ruidos, de otras épocas, de esas que todavía nadie se imaginaba que iban a llegar. ¿Habrán escuchado la sirena cuando ya no sonaba porque no quedó nadie a quien despertar? ¿Habrán escuchado el ruido de las grúas quietas y las herramientas oxidadas, de los galpones polvorientos con los vidrios rotos? ¿Habrán escuchado los vagones abandonados… el pastizal que los fue ganando… los hierros robados? ¿Habrán escuchado las huellas de las ratas? Deben haber escuchado el silencio, el mismo que dejaron en las jaulas, el que seguro se quedó escuchando mi tío mientras soñaba con sus pajaritos volando felices. Hasta que llegó su papá, claro. “¡Decí que ese hombre era tan bueno, que si no…!” es la frase preferida de mis tías hasta el día de hoy. Debía serlo. Aunque si tengo que creerle a mis tías, los hombres de la familia eran todos “tan-buenos”. Los hombres, al menos, de la generación de sus papás; porque lo que era en la generación de sus maridos, la calificación estaba un poco más discutida. 

Yo no tengo por qué dudarlo. Nada más me pregunto, conociendo la familia de la que vengo, si sería así “tan-bueno”, o nada más estaba acostumbrado a las desilusiones.
Daniela Traverso.

(las elecciones tienen consecuencias, y yo me acuerdo de los emprendedores con MaxiKioscos en la Saenz Peña)

Todos tenemos algo que decir (sobre literatura)

Segunda parte de nuestra entrevista a Cristian… ¡Que lo disfruten!

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¿Hace cuánto te dedicas a ilustrar?

Esto sonará harto repetitivo, porque todos los dibujantes del planeta dicen lo mismo, pero dibujo desde que tengo memoria, y aunque no recuerdo todo lo que he dibujado, mi primer dibujo bien hecho fue una Pantera Rosa que hice con fibras, la cual terminé de arruinar al pintarla. Así he pasado de periodos largos sin tocar siquiera un lápiz a meses produciendo sin parar, como consumido por la necesidad de contar algo acorde al momento. Pero me parece importante responder puntualmente a la pregunta, porque si bien dibujo de toda la vida y he tenido otras páginas en Facebook o he publicado en blogs, este año fue la primera vez que me he lanzado a ilustrar, a tomar una palabra clave y transformarla en dibujo, esperando que esta me cuente una historia. Todo comenzó hace algunos meses, yo venía de haber cerrado a fines de 2016 una página que no me contentaba, y tras un breve periodo de silencio y ausencia tuve una revelación: tenía que pasar de hacer obras con palabras a simplemente hacer dibujos que no tuvieran ni una sola letra. Así nació esta cuenta de Instagram que tengo ahora, un blog, y mi nueva página de Facebook, la cual vino después de ver que los dos anteriores funcionaban muy bien, al margen de los seguidores y los Likes, que aunque son agradecidos, no son el motor de mis creaciones. Descubrir Instagram como una enorme galería gratuita donde no abunda tanto el chusmerío barato como en Facebook me motivó a publicar con gran energía a diario. Luego, hace casi un mes, me pareció justo revisar la obra de mi página anterior llamada Postales Mágicas, las cuales si tiene palabras y mensajes más que nada positivos, y luego de una meticulosa revisión y selección decidí salvar las de mejor calidad y condenar a la hoguera las que me parecieron deplorables. Hoy en día subo a diario una viñeta de Postales Mágicas y una ilustración actual.

¿Qué motiva tus creaciones?

Con respecto a qué es lo que motiva mis creaciones puedo decir, con una mano en el corazón y a riesgo de ser tomado por un artista sin compromiso, que no trabajo desde lo externo a la hora de ilustrar mis obras actuales. Mi método de trabajo es elegir una palabra que me agrade y resuene con algo que me llame poderosamente la atención en ese momento, a eso yo lo llamo “palabra llave”, porque me abrirá una puerta que del otro lado esconde una imagen digna de ser llevada al papel. Por ejemplo: hace poco he publicado una obra cuyo título es “Adolescente”; esa palabra me rondaba aquel día en la cabeza, y al abrir esa puerta hacia la imagen, luego de dejar que la palabra motive mi imaginación, ahí recién llegó el dibujo, que era una especie de caricatura de mí en la adolescencia, tirado en la cama, en mi pieza, escuchando música en un walkman, con un poster de Clics Modernos de Charly García y otro de Ciudad De Pobres Corazones de Fito Páez en la pared de mi habitación. A veces me vienen imágenes tras conversar con alguien. Por ejemplo, mi amiga Gaby Dorta suele decir que cuando se enoja se transforma en un Pequinés en llamas, y cuando me lo escribió por Whatsapp la primera vez no sólo me hizo reír mucho, sino que me transportó a una imagen que no dejaba de gritarme que la dibujara. Otras veces los dibujos surgen porque hay algo que me inquieta o molesta, también puedo encontrarme temeroso o triste, y aunque esas veces son contadas con una mano las ilustro igual. Puede sonar muy loco y delirante, pero del mismo modo que Julio Cortázar lo sentía con su literatura yo creo que los dibujos ya están realizados, que existen en un futuro, y cuando es el momento oportuno recibo ese mensaje de un tiempo por venir. Por eso no importa si no tengo tiempo en la semana para sentarme a dibujar o tomar nota de una idea, si yo sé que esa obra ya está hecha, por lo tanto las ideas que no merecen la pena simplemente se me olvidan para siempre, y las que han de ser realizadas vuelven a aparecer incluso tras meses en los cuales no tenía ni un rastro de ellas. Otra forma de saber si una idea es la correcta es esperar a ver si esa palabra llave se repite, si la veo en un cartel, si la escucho seguido en la calle o surge en conversaciones impensadas. Más allá de eso creo que las mejores ideas surgen dibujando, enfrentando la hoja en blanco, trabajando mucho. Puedo estar completamente vacío y sin inspiración, pero si me siento y tomo papel y un pincel pueden surgir una veintena de obras estupendas, y ese imprevisto algo provocado es lo mejor que me puede ocurrir.

¿Cuál es tu sitio/momento del día para dibujar?

Esta respuesta es mucho más simple de dar que la anterior. Siempre dibujo frente a la computadora para poder escuchar música, conferencias, entrevistas o documentales que me interesan. No me importa ver las imágenes en la pantalla, salvo que sea muy necesario porque me perdería de un dato enriquecedor, de modo que rara vez me distraigo y me basta con poder escuchar. Además de sentirme acompañado eso activa mucho más mi imaginación. En cuanto al momento del día en que prefiero dibujar diré que de no tener que verme envuelto en otras obligaciones prefiero hacerlo cerca del mediodía. Después de haberme acicalado y de salir a caminar para activar mi imaginación, a veces escuchando música, regreso a casa, desayuno algo liviano y me pongo a dibujar. Un dato importante es que no puedo dibujar nada si la casa está sucia o muy desordenada, de modo que algunas veces me pongo a limpiar por completo el hogar antes de hacer una línea siquiera. Reconozco que esa es una manía o un TOC bastante raro, pero lo cierto es que disfruto el doble de estar creando en un ambiente limpio, ordenado y perfumado.

¿Qué mensaje deseas transmitir con tu trabajo?

A veces observo cuanto arte horrible, violento, asquerosamente obsceno, y nada enriquecedor hay por todos lados, y eso me motiva aún más a crear una obra que sea bella, que haga sentir felices a las personas al menos un segundo, lo cual no es poca cosa en los tiempos que corren, en los cuales se sufre más de lo que se sonríe. Lo he intentado muchas veces, he probado fallarme a mí mismo, venderme, y hacer obras escandalosas, horribles desde la estética y la temática, pero siempre lo he padecido, lo sufrí mucho. Mi obra desborda en colores brillantes e intensos, debe ser feliz, positiva, invitar a la paz, al amor, al sexo atrevido pero cariñoso y juguetón. No me veo haciendo obras que hablen sobre inyectarse drogas, violar, matar o estafar, ni tampoco me cuadra hacer humor vulgar, escatológico y facilongo. Reitero que lo he intentado varias veces, pero ya me estoy haciendo grande, voy camino a los 36 años de edad, y creo puedo lograr amueblar mi mente con cosas bellas y luego proyectarlas para hacer de este un mundo mejor. Así creo que mi obra tal vez no sea tan genial, pero sí sé que es bella, que nos puede hacer sentir contentos y puede animarnos en momentos duros. Y no digo que uno sea un santo ni que se deba aspirar a serlo, si con mucho menos alcanza para ser buena persona y dar algo hermoso a los demás. Incluso aunque en este tiempo y tras muchas derrotas en el plano romántico no soy muy positivo en cuestiones del corazón no quiero que mi obra esté influenciada por esa visión oscura, prefiero darle a la gente esperanzas. No me interesa ni puedo ser amigo de todo el mundo, pero mi obra sí. En definitiva, lo que quiero transmitir con mi obra es que la vida es hermosa a pesar de todo lo que puede llegar a ocurrirnos.

Carta a Esteban

Relato epistolar de María Verónica Cabral


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Esteban querido:

Hace unos días atrás, estuve mirando fotos viejas y encontré aquella que nos tomamos en el muelle de esa playa solitaria ¿te acordás?: hacía frío, teníamos unas gruesas camperas; aún no estaban los niños. Recuerdo que me abrazaste fuertemente, mientras me prometías que, cada vez que tuviera frío, vos ibas a estar cerca de mí para apaciguarlo.

Hoy me decidí a escribirte. No se aún con certeza de dónde saqué el coraje para hacerlo; pero aquí estoy: enredada entre recuerdos, dudas, temores, esperanzas, ciertos pensamientos recurrentes y tu imagen. Me pregunto si seguirás siendo el mismo ¡Que pregunta absurda! ¡Ni yo soy la misma!

Quiero que sepas que guardo cada carta que me mandaste: las leo y releo para sentirte cerca. Tus cartas me mantuvieron en contacto con tu realidad; solo así, a la distancia y en su lectura, me permití conocerte sin inventarte, sin condicionarte. Perdonáme lo compleja que fui los últimos tiempos; confundía tu verdadero ser con mi modelo de hombre perfecto y me olvidé de lo maravilloso que es aceptarte tal cual sos, de amar hasta tus defectos.

No quiero extenderme demasiado con viejos asuntos. Este tiempo separados me hizo muy bien: me encontré, te encontré y nos encontré.

Sé que el amor entre nosotros no es ni fue algo implícito, algo que existía por sí mismo, ajeno a nosotros. Quisiera que sepas que estoy dispuesta no a reconstruirlo, sino a construir un nuevo amor entre nosotros, con nosotros y por sobre todo, en nosotros.

Entendéme, esto va más allá de lo que quieren los niños, es algo que decidí yo. Obviamente me gustaría que estés dispuesto y decidido a emprender este nuevo trecho del camino en nuestro amor.

Brindo por tu libertad de decidir la parte que te corresponde, tu propia parte. Sea cual fuere tu decisión, mi sentimiento de hoy por vos es el más puro, sincero e incondicional amor.

Te ama, aquí y ahora, Catalina.

Toco tu boca

por Male Carrizo.

  Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.
     Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.

Todo el tiempo que me llevó la lectura de El sentido olvidado, ensayos sobre el tacto de Pablo Maurette, pensé en este fragmento icónico de Rayuela. La profunda voz de Julio Cortázar resonaba en mi mente a cada palabra. Finalmente lo encontré entre las páginas del libro, es que es una cita obligada para la temática abordada. Pero ¿de qué trata El sentido olvidado?

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Pablo Maurette,  licenciado en Filosofía, profesor de Literatura Comparada y traductor, reflexiona sobre el único sentido irreductible, el tacto. Seis ensayos sobre la historia de lo háptico se enmarcan entre un gran número de citas eruditas, entre las que encontramos estudios filosóficos y literarios.
Partiendo de su investigación académica sobre la obra de Lucrecio en la Italia renacentista, siguiendo con Aristóteles, Homero, entre otros autores que son convidados por Maurette para un banquete de ideas sobre la naturaleza del sentido al que caracteriza, no como uno, sino como la conjunción de todos.

El libro editado por Mardulce recupera, a través de un recorrido histórico que comienza en la antigüedad clásica, el rol del tacto en la cultura como sentido que completa la experiencia estética y sensorial, luego de una larga tradición de la vista como sentido estrella.

El tacto es el único sentido que no podemos perder, porque perderlo significa dejar de ser persona para volverse carne. 

Lo mejor de nuestra piel, es que no nos deja huir, canta el Indio Solari. La piel tiene reservado un gran papel en esta conjunción de ensayos debido a su naturaleza sensible. La piel, el órgano más extenso del cuerpo, es aquella que nos conecta con el mundo externo, es la vía de acceso predilecta para el conocimiento de la realidad, pero también nos acerca con nuestro mundo interior. La experiencia háptica producida por ella es lo que nos permite ser y percibirnos como seres vivos.
Destacado entre los diferentes capítulos del libro se haya Elementos de filematología, sobre las características del beso. El juego del cíclope, maravillosamente descripto por Julio Cortázar en el capitulo 7 de Rayuela, es la experiencia culmine del tocar: el beso es la instancia máxima de intimidad, de contacto real con otra alma.
El libro de Pablo Maurette es un ensayo filosófico con una prosa exquisita, lejos del tedio característico de este tipo de escritos, con gran claridad conceptual y precisión de recursos.

Sentir es tocar. El sentido olvidado es un estimulo a tocar, a percibir, a entrar en contacto con el mundo.

Datos editoriales: 

Título: El sentido olvidado
Autor: Pablo Maurette
Editorial: Mardulce
Páginas: 270 págs.

 

Crónica de una cobardía

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Soy dueña de una gran colección de incertidumbres pero entre mis escazas certezas hay una que llevo como bandera: No quiero ser docente.

Estudio profesorado en letras pero no quiero ser docente, por eso, cuando surgió la propuesta de participar en el evento de lectura y difusión del Martín Fierro que estaba  organizado por Lectura Mundi, departamento de la Universidad Nacional de San Martín encargado de promocionar la lectura, me aterré. De todas maneras dije que sí porque dentro de esas pequeñísimas certezas hay un que me fue legada desde pequeña: De ningún cagón se hizo historia. Y ahí fui, a hacer historia; mi historia.

Llegamos a la biblioteca “La Carcova” en San Martín pasadas las once de la mañana de un hermosísimo día de sol. Había muchas cosas que me preocupaban: ¿les interesaría el Martín Fierro? ¿Qué vamos a hacer? ¿Cómo lo vamos a hacer? ¿Y si preguntan algo que no se? ¿Sabré como manejarme?

Cuando atravesábamos la inmensa plaza sobre la que descansa la biblioteca, varias personas salieron a recibirnos y, ante mi miedo y mi incertidumbre, una única respuesta se me ocurrió: dejar de pensar, mirar a las personas a los ojos y conectarme, de verdad, con la experiencia.

La jornada transcurrió de maravilla, como siempre que la unión es la consigna, matizada con juegos, folclore, lecturas, mate y tortas fritas. No sé si algo dejamos en ellos pero sé perfectamente lo que la experiencia dejó en mí: No quiero ser docente, quiero ser promotora de cultura. Ya lo dijo el poeta José Martí:

Solamente un pueblo culto puede ser verdaderamente libre.

Breve relato de una certeza

por Male Carrizo

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Cuando en 2007 preparé mi primera clase sobre modelos atómicos, para los chicos del primer año, tuve una revelación: quería ser docente. Y desde aquel día esa certeza acompaña mi vida.
La historia y literatura son mis excusas para pasar todos los días frente a un curso. No, frente no. Al lado, acompañándonos y aprendiendo, porque otra certeza que tengo es que seré siempre estudiante.
La certeza de no desear la maternidad hace que mi vínculo con los chicos sea de enseñar y aprender. No lo puedo evitar, si comparto un momento con un niño o adolescente termino explicándole algo o pidiéndole que me enseñe cosas nuevas.
El día que fuimos a las jornadas sobre el Martín Fierro, preparadas por Lectura Mundi, armé “la clase” como cada día. El disparador, como siempre, algún dato curioso. Pero cuando llegué y me puse a charlar me di cuenta que los chicos conocían mucho más que yo. Me di cuenta que es como en el aula: que uno va a aprender de los pibes. “José Hernández era de San Martín”, “escribía en versos” y hasta alguno me preguntó si eso había pasado en tiempos “del primer triunvirato”.
Pero también me dijeron “no te entendí, decímelo mejor”. Y uno empieza a revolver en la galera de recursos y se arma de nuevo con una sonrisa ante las respuestas y pedidos. Porque en el aula y en la vida hay que estar abierto a vivir nuevas experiencias que te saquen del lugar de comodidad.
Una vez que abrís el juego, sos responsable de lo que desatas. Así que me fui como me voy del aula: deseando volver y creyendo en el trabajo sostenido.